Bernal
y su montaña mágica |
Por:
Leonor López Domínguez |

Si
algo distingue a Bernal es la longevidad de sus
habitantes, quienes orgullosamente afirman que
la peña es la principal razón, ya que los hace
“siempre mirar para arriba”: al amanecer en busca
de la luz cercana, y en el ocaso cuando contemplan
agradecidos su familiar perfil borrándose entre
las sombras La Villa de Bernal se recoge temprano
y despierta temprano, casi con la luz del día,
cuando en sus calles sólo se escucha el trajín
de las escobas barriendo las hojas secas que dejó
el viento y el indiscreto rastro de los trasnochadores.
Poco
a poco el sol comienza a bañar los portales, la
parroquia de San Sebastián, las Casas Reales, el
templo de Las Ánimas y los patios de las casonas
centenarias. El cielo ha transformado la oscuridad
en un despliegue de grises y rosáceos que culminan
en el azul intenso que sirve de telón de fondo a
la imponente figura de la peña.
La
Peña de Bernal, monolito de 350 metros de altura
parece haber sido depositada por un gigante justo
en ese sitio, como vigía y puerta de la Sierra Gorda
queretana. Entorno a su enorme estructura nació,
a mediados del siglo XVII, la Villa de Vernal, pero
en el siglo XVIII una pluma anónima rectificó su
ortografía, por lo que hoy la conocemos como Villa
de Bernal. Para muchos de sus apenas 6 000 habitantes
es un orgullo que su población no haya ingresado
aún a la categoría de ciudad, pues, según dicen,
eso les ha permitido mantener su “intimidad” con
la peña.
De
acuerdo con investigaciones recientes, la Peña de
Bernal se formó hace 100 millones de años –milenios
más, milenios menos–, durante el periodo Jurásico,
y en su origen debió ser tres veces más alta que
en la actualidad. Está compuesta por roca traquítica
porfiroide y es la tercera en altura del mundo,
sólo aventajada por el Peñón de Gibraltar en España,
y el Pan de Azúcar, en Río de Janeiro.
Con
la cercanía de tal portento emergió una pequeña
población que ha cobrado importancia en los últimos
años, ahora que los viajeros vamos en busca de la
naturaleza en un afán por reencontrarnos a nosotros
mismos.
Poco
más de un siglo después de la conquista española
aún quedaban, en la zona central del actual estado
de Querétaro, numerosos asentamientos otomíes asediados
por indomables chichimecas pames y jonaces. Una
manera segura de proteger a sus familias y asegurar
sus cosechas era propiciar la presencia de los destacamentos
españoles en sus tierras.
Así,
en 1647 llegaron hasta las faldas de la peña el
teniente de origen vasco Alonso Cabrera, sus tres
hijos y siete soldados quienes, a solicitud de los
otomíes, se aposentaron en un lugar estratégico
que les permitía percatarse del posible ataque de
los chichimecas que merodeaban en los cercanos cerros
San Martín y El Zamorano. Esos primeros españoles,
procedentes de la vecina Cadereyta, construyeron
tres habitaciones, una cocina, una troje y un corral,
protegidos por altas bardas de tepetate y cuyos
vestigios se localizan a la entrada de Bernal. Un
siglo después se edificaría parte de un presidio
que asemeja un castillo, hoy conocido como Casas
Reales. Poco antes, al erigirse la Congregación
de San Sebastián de Bernal, se inició la construcción
del templo de tres naves dedicado a este santo,
martirizado en Roma en el siglo primero de nuestra
era.
Hacia
1850, Villa de Bernal fue declarada pueblo y cabecera
municipal, categoría que perdió en 1918, cuando
la sede
municipal se cambió a la actual población de Ezequiel
Montes. Los bernalenses han luchado durante varias
generaciones por constituir un nuevo municipio del
estado de Querétaro, lo que tal vez sea posible
a corto plazo en vista del auge turístico de la
última década.
Los
numerosos portales del centro ocupan un lugar muy
importante en la vida social de Bernal, pues en
torno a ellos se reúnen los lugareños a charlar,
a comentar los últimos sucesos en la comunidad o
a negociar. La población cobra vida los fines de
semana, entonces las calles empedradas de traza
irregular, los mesones y restaurantes, las tiendas
grandes y pequeñas de artesanías, los puestos de
antojitos, el pequeño Museo de la Máscara y los
coloridos patios de las casas, siempre abiertas,
se ven pletóricos de visitantes que encuentran en
este majestuoso escenario la oportunidad de disfrutar
de un inusual sitio de descanso y recreo en el que
se conjugan la historia, la calidez de sus habitantes
y la mágica presencia de la peña.
En
Bernal se fabrican artesanalmente cobijas y jorongos
de lana para resguardarse de los helados vientos
provenientes de la sierra, así como natillas y dulces
de membri-llo, guayaba y cacahuate para que el viajero
atenúe la nostalgia de la partida.
Otra
peculiaridad son las “gorditas” asadas al comal
y rellenas de haba, frijoles, nopales o chicharrón
que una docena de vendedores ofrecen en el centro
de la población.
Tradicionalmente,
en la Villa de Bernal se festeja el 3 de mayo, día
de la Santa Cruz, con una solemne ceremonia que
culmina cuando la cruz de madera de 60 kilos es
llevada de nuevo por los escaloneros hasta la cúspide
de la peña en me-dio de los cantos y los rezos de
una nutrida concurrencia.
Una
festividad que año con año cobra mayor popularidad
en Bernal es la celebración del equinoccio de primavera,
el 21 de marzo.
El
señor José Velázquez Quintanar, cronista de San
Juan del Río y ferviente enamorado de Bernal, relata
la historia de esta celebración: “En 1992 nos reunimos
un grupo de vecinos en el centro de Bernal a festejar
la llegada de la primavera. Colocamos macetas con
flores en puertas y ventanas, preparamos platillos
tradicionales y llevamos un conjunto musical de
San Juan del Río”. Resultó una fiesta tan animada
que un año después llegaron para tal ocasión numerosos
visitantes de Querétaro y Tequisquiapan. A partir
de entonces, y siguiendo una sugerencia anónima,
los asistentes vistieron de blanco y llevaron un
paliacate rojo.
“A
las 12 en punto del mediodía”, señala Velázquez
Quintanar, “todos los presentes oramos por la paz
tomados de las manos. Al siguiente año un nutrido
grupo de asistentes subió a la cumbre y con pequeños
espejos enviaron la primera luz del día a la población.
Para esas fechas ya contábamos con varios grupos
de danzantes y se llevaba a cabo el ritual del fuego
nuevo en el que una jovencita lo enciende y lo envía
a los cua-tro puntos cardinales”.
Entre
1996 y 1997 se organizó una promoción de la fiesta
a nivel estatal. “Llegó gente de todos los rumbos
y de muy diferentes ideologías, pero se mostraron
muy respetuosos de los demás y de las maravillas
del entorno. Actualmente se considera que es un
festival universal de convivencia y amistad”.
“La
Peña de Bernal” –concluye el cronista– “es un poderoso
imán, en el sentido amplio de la palabra. Provee
de energía física, mental y espiritual a quienes
se acercan a ella. Hay que amarla, conocerla y disfrutarla.
Es la peña más bella del mundo con rinconadas, acantilados
y peñascos en un continuo juego de luces y sombras
que se pueden recorrer y admirar en una caminata
de sólo dos kilómetros”.
Además
de su belleza, si algo distingue a Bernal es la
longevidad de sus habitantes. Es bien sabido que
el promedio de vida en este rincón del México provinciano
es de 94.7 años, aunque parezca increíble. Por las
calles y las veredas transitan numerosos ancianos
como don José Flores, quien a los 102 años todavía
trabajaba y había contraído nupcias por tercera
vez a los 90, o como don Concepción Rincón, quien
a la edad de 89 años aún dirigía su negocio de cobijas
de lana que había iniciado en 1927.
Orgullosamente
los bernalenses afirman que el clima, la alimentación
y la tranquilidad pueblerina influyen en la longevidad
de sus habitantes, pero que la peña es la principal
razón, ya que los hace “siempre mirar para arriba”,
al amanecer en busca de la luz cercana, y en el
ocaso cuando contemplan agradecidos su familiar
perfil borrándose entre las sombras.
|

|
Fuente:
México desconocido on line
|